Saldos Febrero 12, 2007
Posted by Argonaut in BlogZone.trackback
En números redondos, un año por víctima. Nuestras leyes penales de diseño personal Belloch et al. consideran que cuando uno despoja de la vida a veinticinco personas salda su deuda con una primavera, un verano, un otoño y un invierno por víctima.
Un año pasa rápido. Nadie sabemos, desde luego, que nos ocurrirá en el transcurso, ni si seguiremos vivos y sanos. Pero es un periodo lo suficientemente corto, lo suficientemente previsible como para pensar dónde iremos en verano, cómo celebraremos la Navidad, qué tiempo hará en Semana Santa. Luego llega Nochevieja, volvemos la cara y comprobamos que, como el anterior, y el anterior, se ha ido en un suspiro. Uno de Enero, dos, volvemos a la corriente, laboramos, mil asuntos nos nublan la atención, nos quitamos ropa por la ola de calor, nos la ponemos por la de frío…Nochevieja.
Eso es todo lo que nuestro código penal de diseño personal Belloch et al. exige a este individuo como restitución por haber despojado de una vida en la que hubo, y seguramente habría, muchas Nocheviejas. Todas las que arrebató no sólo al muerto, sino a los que con él compartían, y que por ese motivo eran igualmente suyas. Una inmensa corriente mental y emotiva, propia, irrepetible, nacida y crecida, o frustrada, manifestada en una infinidad de actos que contienen todos los adjetivos, todos los rechazos, todas las fruiciones. Un don que el individuo, éste y todos, está muy lejos de poder otorgar, no digamos de poder restituir ni en una mínima parte.
Bien, eso vale un año. Precio de mercado en el lodazal. La cleptocracia a sus triles: nada por aquí, nada por allá, te doy, me das. Y muchos siguen convencidos de que salvaguardan nuestra libertad y nuestra vida. Un año. Es lo que cotizan las vidas de los que no son cleptócratas a la hora de ocupar más y más ámbitos.
Ahora a los demás sólo nos queda exigir que se nos aplique el mismo precio. Un año por pacificar a cualquier cleptócrata, medio si es al por mayor y damos la paz a ocho o diez. Semana y media por despojar a cualquier cuotista de los Prada que la cubren y expresar sin miramientos nuestras legítimas urgencias hormonales. Fin de semana por recuperar, 357 en mano, la apreciable cantidad de dinero nuestro que duerme en sus bolsillos. ¿Así sí?
Le voy a contar un cuento al individuo, y a todos los individuos de la Individualidad de Destino en lo Universal. Hace mucho tiempo, en sus constantes idas y venidas, el Despierto llegó a una ciudad que vivía aterrorizada por un bandido llamado Angulimala. Éste se jactaba de haber asesinado a novecientas noventa y nueve personas, cuyos dedos enfilaba en un collar (de ahí su nombre). Mientras caminaba por una de las principales vías de la urbe, bajó el malevo del monte, y todos los habitantes corrieron a esconderse. Excepto él. El chorizo, ultrajado por el hecho de que alguien no le tuviera miedo, se lanzó espadón en ristre gritando que sería su víctima número mil, pero se topó con la desconcertante situación de que nunca podía alcanzarle. Se moviera hacia donde se moviera, el Despierto siempre estaba a unos metros de él. Confundido, preguntó:
- ¿Quién o qué eres? ¿Un nigromante? ¿Un raksha?
El Despierto le dijo:
- Creo que te llaman Angulimala, ¿cierto?
- Cierto. No existe hombre en esta región que no me tema.
- ¿A cuantos has matado?
- A novecientos noventa y nueve. Tú serás el mil, y comenzaré un nuevo collar.
- ¿A cuantos has devuelto a la vida?
- A nadie, por supuesto. ¿Me tomas por idiota? No puedo devolver la vida.
- Entonces, ¿qué razón tienes para quitarla? ¿Cómo puedes restituir algo que no está en tu mano otorgar? Si un día te detienen los guardias del rey, ¿volverás a poner los dedos en mil manos? ¿darás la vida a mil cadáveres aunque pagues con la tuya? Si es así, ese día podrás alcanzarme.
Un año pasa rápido. Nadie sabemos, desde luego, que nos ocurrirá en el transcurso, ni si seguiremos vivos y sanos. Pero es un periodo lo suficientemente corto, lo suficientemente previsible como para pensar dónde iremos en verano, cómo celebraremos la Navidad, qué tiempo hará en Semana Santa. Luego llega Nochevieja, volvemos la cara y comprobamos que, como el anterior, y el anterior, se ha ido en un suspiro. Uno de Enero, dos, volvemos a la corriente, laboramos, mil asuntos nos nublan la atención, nos quitamos ropa por la ola de calor, nos la ponemos por la de frío…Nochevieja.
Eso es todo lo que nuestro código penal de diseño personal Belloch et al. exige a este individuo como restitución por haber despojado de una vida en la que hubo, y seguramente habría, muchas Nocheviejas. Todas las que arrebató no sólo al muerto, sino a los que con él compartían, y que por ese motivo eran igualmente suyas. Una inmensa corriente mental y emotiva, propia, irrepetible, nacida y crecida, o frustrada, manifestada en una infinidad de actos que contienen todos los adjetivos, todos los rechazos, todas las fruiciones. Un don que el individuo, éste y todos, está muy lejos de poder otorgar, no digamos de poder restituir ni en una mínima parte.
Bien, eso vale un año. Precio de mercado en el lodazal. La cleptocracia a sus triles: nada por aquí, nada por allá, te doy, me das. Y muchos siguen convencidos de que salvaguardan nuestra libertad y nuestra vida. Un año. Es lo que cotizan las vidas de los que no son cleptócratas a la hora de ocupar más y más ámbitos.
Ahora a los demás sólo nos queda exigir que se nos aplique el mismo precio. Un año por pacificar a cualquier cleptócrata, medio si es al por mayor y damos la paz a ocho o diez. Semana y media por despojar a cualquier cuotista de los Prada que la cubren y expresar sin miramientos nuestras legítimas urgencias hormonales. Fin de semana por recuperar, 357 en mano, la apreciable cantidad de dinero nuestro que duerme en sus bolsillos. ¿Así sí?
Le voy a contar un cuento al individuo, y a todos los individuos de la Individualidad de Destino en lo Universal. Hace mucho tiempo, en sus constantes idas y venidas, el Despierto llegó a una ciudad que vivía aterrorizada por un bandido llamado Angulimala. Éste se jactaba de haber asesinado a novecientas noventa y nueve personas, cuyos dedos enfilaba en un collar (de ahí su nombre). Mientras caminaba por una de las principales vías de la urbe, bajó el malevo del monte, y todos los habitantes corrieron a esconderse. Excepto él. El chorizo, ultrajado por el hecho de que alguien no le tuviera miedo, se lanzó espadón en ristre gritando que sería su víctima número mil, pero se topó con la desconcertante situación de que nunca podía alcanzarle. Se moviera hacia donde se moviera, el Despierto siempre estaba a unos metros de él. Confundido, preguntó:
- ¿Quién o qué eres? ¿Un nigromante? ¿Un raksha?
El Despierto le dijo:
- Creo que te llaman Angulimala, ¿cierto?
- Cierto. No existe hombre en esta región que no me tema.
- ¿A cuantos has matado?
- A novecientos noventa y nueve. Tú serás el mil, y comenzaré un nuevo collar.
- ¿A cuantos has devuelto a la vida?
- A nadie, por supuesto. ¿Me tomas por idiota? No puedo devolver la vida.
- Entonces, ¿qué razón tienes para quitarla? ¿Cómo puedes restituir algo que no está en tu mano otorgar? Si un día te detienen los guardias del rey, ¿volverás a poner los dedos en mil manos? ¿darás la vida a mil cadáveres aunque pagues con la tuya? Si es así, ese día podrás alcanzarme.
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Mientras los borregos pastaban ajenos al drama en la piel de toro enferma de psoeriásis.