Culturas proletarias Marzo 20, 2007
Posted by Argonaut in BlogZone.trackback
De todas las abundantes entelequias marxistas, ninguna ha superado la prueba, baladí, de confrontarse con la realidad. Una vez fuera del limbo, las teorías se estrellan una y otra vez contra el inamovible juez de cómo nos conducimos, qué deseamos y a qué aspiramos. Pero, curiosamente, hay unos seres en el mundo sovietizados desde hace millones de años.
Las abejas sí han logrado alcanzar ese previo al fin de la Historia que Don Carlos nos vaticinaba. Su dictadura del proletariado es permanente, contumaz, perfecta. Todo el poder de una colmena reside en sus obreras, que hacen, deshacen, quitan, ponen y deciden. La reina, a pesar de las apariencias, no pasa de ser un peón reproductivo estrictamente funcional. Cierto que, como toda nomenklatura, tiene privilegios: un polvete una vez en su vida y una longevidad que a sus apparatchik les debe parecer histórica. Pero carece de todo “poder de decisión”: nace cuando la fabrican, tiene un corto día de bodas en el mejor de los casos y es liquidada sin contemplaciones cuando no da más de sí. En el interín es adulada, protegida y confortada. Pero de esos huevos saldrán en su inmensa mayor parte nuevos proletarios de la colmena unidos que no harán sino perpetuar su dimensión de factoría artrópoda, y que serán los que determinen cuando le ha llegado su hora y hace falta otra virgen. La operación no requiere mucho: a una larva se la da de comer jalea real en lugar del menú habitual en los comedores infantiles (papilla de polen y néctar), se la construye una celda de cinco estrellas de extrañas evocaciones peneanas (¿simbolismo apícola?) et voilá. Es divertido pensar que es precisamente una operación de individuación la que produce una miembra de la sociedad fértil, acomodada e incomparablemente más longeva (de tres a cuatro años, frente a las tres semanas que viven las masas proletarias).
También han conseguido solventar otro de los mandamientos de la Ley de Marx y han terminado con cualquier tipo de división del trabajo. Los austriacos llorarían desesperanzados y se cubrirían de cenizas: el sueño de todo socialista, desde los falansterios a Vázquez Montalbán. Las proletarias trabajan a lo largo de su vida en todas y cada una de las tareas de la democracia popular. Hoy son una cosa y mañana pasan a ser otra. Desconozco si tienen Comité Central o Primer Viceprimer Ministro del Viceministerio del Ministerio Primero, pero lo llevan a rajatabla.
¿Y los zánganos? Pues muy sencillo: son los intelectuales comprometidos. Holgando de continuo, incapaces de alimentarse sin subvención, toda su vida consiste en una tensa espera para conseguir el favor de La Dama. Una vez ésta queda satisfecha son acusados de parásitos burgueses revisionistas y expulsados sin contemplaciones al gulag exterior, lo que para unos inútiles (excepto el esperma) incapaces de comer por sí mismos, que necesitan que las obreras les pongan la comida en la boca, significa la muerte.
Puede que el de Tréveris -negra puerta para una ciudad de negra historia: allí nació él y fue decapitado Prisciliano- escribiera sus copiosas páginas pensando en el colmenar, como monografía entomológica. Algún amigo suyo pasado de schnapps atisbó párrafos sueltos, y penso que se referían a los humanos. Con el éxito Don Carlos no se atrevió a enmendarle la plana, y luego ya vino la Revolución de Octubre y medio planeta convertido en colmena, pero esa historia ya la conocéis.
Las abejas sí han logrado alcanzar ese previo al fin de la Historia que Don Carlos nos vaticinaba. Su dictadura del proletariado es permanente, contumaz, perfecta. Todo el poder de una colmena reside en sus obreras, que hacen, deshacen, quitan, ponen y deciden. La reina, a pesar de las apariencias, no pasa de ser un peón reproductivo estrictamente funcional. Cierto que, como toda nomenklatura, tiene privilegios: un polvete una vez en su vida y una longevidad que a sus apparatchik les debe parecer histórica. Pero carece de todo “poder de decisión”: nace cuando la fabrican, tiene un corto día de bodas en el mejor de los casos y es liquidada sin contemplaciones cuando no da más de sí. En el interín es adulada, protegida y confortada. Pero de esos huevos saldrán en su inmensa mayor parte nuevos proletarios de la colmena unidos que no harán sino perpetuar su dimensión de factoría artrópoda, y que serán los que determinen cuando le ha llegado su hora y hace falta otra virgen. La operación no requiere mucho: a una larva se la da de comer jalea real en lugar del menú habitual en los comedores infantiles (papilla de polen y néctar), se la construye una celda de cinco estrellas de extrañas evocaciones peneanas (¿simbolismo apícola?) et voilá. Es divertido pensar que es precisamente una operación de individuación la que produce una miembra de la sociedad fértil, acomodada e incomparablemente más longeva (de tres a cuatro años, frente a las tres semanas que viven las masas proletarias).
También han conseguido solventar otro de los mandamientos de la Ley de Marx y han terminado con cualquier tipo de división del trabajo. Los austriacos llorarían desesperanzados y se cubrirían de cenizas: el sueño de todo socialista, desde los falansterios a Vázquez Montalbán. Las proletarias trabajan a lo largo de su vida en todas y cada una de las tareas de la democracia popular. Hoy son una cosa y mañana pasan a ser otra. Desconozco si tienen Comité Central o Primer Viceprimer Ministro del Viceministerio del Ministerio Primero, pero lo llevan a rajatabla.
¿Y los zánganos? Pues muy sencillo: son los intelectuales comprometidos. Holgando de continuo, incapaces de alimentarse sin subvención, toda su vida consiste en una tensa espera para conseguir el favor de La Dama. Una vez ésta queda satisfecha son acusados de parásitos burgueses revisionistas y expulsados sin contemplaciones al gulag exterior, lo que para unos inútiles (excepto el esperma) incapaces de comer por sí mismos, que necesitan que las obreras les pongan la comida en la boca, significa la muerte.
Puede que el de Tréveris -negra puerta para una ciudad de negra historia: allí nació él y fue decapitado Prisciliano- escribiera sus copiosas páginas pensando en el colmenar, como monografía entomológica. Algún amigo suyo pasado de schnapps atisbó párrafos sueltos, y penso que se referían a los humanos. Con el éxito Don Carlos no se atrevió a enmendarle la plana, y luego ya vino la Revolución de Octubre y medio planeta convertido en colmena, pero esa historia ya la conocéis.
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